¿Todo (nuestro) tiempo pasado fue mejor?

Ponencia de Thaelman Urgelles

 

Tenemos tres preguntas, muy pertinentes e íntimamente vinculadas, sobre el compromiso del cine que hemos hecho con nuestra realidad nacional. Las respuestas que tengamos para ellas darán cuenta de la validez de lo que hemos realizado como colectividad y, al mismo tiempo, nos permitirán un examen introspectivo de nuestro propio oficio como creadores de historias destinadas a las pantallas. Esta vinculación nos permite responderlas de manera global.

El cine que hoy practicamos en Venezuela contó, en cuanto a su fundamento temático y formal, con afortunados orígenes. Dueña de una historia que alcanza a los inicios mismos del cine, escenificada en un pequeño país tropical con profundas dependencias de los mayores centros productores de películas, nuestra cinematografía mantuvo siempre una mirada intramuros, dirigida a los espacios rurales o urbanos que habitamos, con historias pertenecientes a quienes han hecho su aventura vital en estas tierras.

Tan cerca de los poderosos núcleos difusores que irradiaban sus estéticas, historias y modos expresivos, estuvo siempre allí la tentación de copiar aquellos modelos. Sin embargo, nuestros pioneros fueron capaces de intentar un camino independiente, con las falencias profesionales e ingenuidades expresivas propias de aquellas circunstancias. Incluso la apuesta de Guillermo Villegas Blanco, de crear una industria cinematográfica nacional con el aporte artístico, técnico y profesional necesariamente importado de México y la Argentina, fue capaz de evadir el calco estético y temático que podían traer aquellos expedicionarios y logró producir con ellos un importante número de películas de enorme dignidad que miraban hacia el corazón de Venezuela. Por lo demás, tuvo este país el mérito de cooptar muchos de aquellos talentos importados y asimilarlos para siempre a la aventura de nuestro cine, una herencia que aun continúan disfrutando las nuevas generaciones.

Al atrevernos a situar a “La Escalinata”, de César Enríquez (1950) como la primera película referencial del cine que hacemos hoy en Venezuela, encontramos en ella los fundamentos narrativos, conceptuales, temáticos, espaciales y humanos que muestran nuestras películas de hoy. César, quien luego de estudiar pintura había tenido pasantías académicas en Los Ángeles y París, había encontrado su síntesis estética en el maravilloso Neorrealismo que daba sus primeros pasos en Italia. Y al regresar a nuestro país fue capaz de hacer la transposición adecuada de aquella propuesta: la mirada que los neorrealistas habían puesto en los humildes sobrevivientes de la guerra, la colocó él en la Caracas que nacía al urbanismo y la modernidad; mas eligió como espacio narrativo a los barrios que comenzaban a nacer en una ciudad que apenas estiraba sus brazos y a sus personajes representativos del campesinado que en oleadas invadía la capital. Para ventura de nuestro cine y mérito de sus cultores, aquella elección estética de César Enríquez se ha  mantenido viva hasta hoy.

Por si faltase algo para consolidar aquella herencia, la mirada en lo nuestro, el acento en lo popular y la textura poética fueron elevados a una dimensión fulgurante en “Araya”, de Margot Benacerraf (1958), y de integridad narrativa en “Caín Adolescente”, de Román Chalbaud (1959). Sería el mismo Román quien durante las próximas décadas llevaría el testigo mayor de aquel modo de hacer y decir.

La misma visión se mantuvo en quienes, durante 15 años de solitarios esfuerzos, precedieron el nacimiento del llamado “nuevo cine venezolano: Julio César Mármol, Maurice Odreman Nieto, Samuel Roldán, Clemente De la Cerda, Carlos Rebolledo, Renny Ottolina, María Lourdes Carbonell. En 1975 encontramos la punta de un ovillo que se ha desmadejado incansable hasta el día de hoy: “La quema de Judas, “Crónica de un Subversivo Latinoamericano”, “Maracaibo Petroleum Company”, “Soy un delincuente”, “Sagrado y obsceno”, “Los muertos sí salen”, “Compañero Augusto”, “Alias el Rey del joropo”, “Se solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia”, “Fiebre”, “Puros Hombres”, “Canción mansa para un pueblo bravo”, “País Portátil”, “La empresa perdona un momento de locura”, “El pez que fuma”, “La Boda”, entre muchas otras, ratificaron con generosidad, entre 1975 y 1982, el punto de vista que marcaría al cine venezolano hasta la hora que nos reúne.

¿Qué añadieron estas películas al manifiesto artístico de Enríquez, Benacerraf y Chalbaud? En su empaque externo, una producción más estructurada y profesional, fundada en la inversión pública que habían logrado conquistar nuestros pioneros y sus nacientes gremios, al abrigo del primer boom de los precios petroleros en 1974 y –es justo decirlo- del nacimiento de una nueva conciencia cultural entre los factores políticos del país. Y en su estructura creativa, sumaron tres nuevos enfoques temáticos, con sus protagonistas: la clase media como personaje, que había emergido con fuerza durante el período democrático iniciado en 1958; la política, como tema cuasi autobiográfico salido de las alforjas de aquellos nuevos guionistas y realizadores; y nuestra historia de comienzos del siglo 20, urgida de ser relatada y pensada por la expresión audiovisual, a partir de una literatura que se había ocupado de ella décadas atrás.

¿Quienes fueron los guionistas de estas películas? En su mayoría los mismos directores, carentes como estábamos de la especificidad profesional propia de las industrias consolidadas. Y algunos intelectuales aliados, prestados casi todos por el teatro y algunos por la narrativa y la poesía: José Ignacio Cabrujas, Rodolfo Santana, Edilio Peña, Salvador Garmendia, Gustavo Michelena, Edmundo Aray…

El oficio del guión no podía estar desarrollado en un país donde la producción de cine estaba limitada a esfuerzos románticos y aislados. El desarrollo de una producción relativamente estable a partir de 1975 y el crecimiento que la masa de recursos para la producción a partir de 2005 ha hecho que nuestra actividad comience a tener un grado de especialización que está logrando alcanzar también a los escritores profesionales. Y la enseñanza del guión en el país, que tiene sus primeros antecedentes en aquellos años 70, se ha convertido en la última década en una fuente de inclusión de nuevos practicantes con sus propuestas.

Es tarea de los nuevos guionistas sostener y hacer avanzar la carreta de nuestras historias audiovisuales. Lo dicho no pretende erigir un muro de contención a las nuevas visiones temáticas y estilísticas, ni colocar gríngolas a la mirada necesariamente libre que deban tener los forjadores de narraciones, dramas, comedias y todos los géneros. Se trata apenas de reconocer una herencia profundamente válida para seguir adelante; ella nos ofrece un punto de referencia válido para desarrollar una nueva y vigorosa cine-dramaturgia nacional, con los pies bien afincados sobre la tierra venezolana, aunque sus brazos y mente vuelen libérrimos por el infinito espacio universal.

Lo cual nos conduce a la tercera pregunta de este Tema, referida a las influencias y modelos que recibe nuestra guionística. Nos apresuramos a declarar que todos los artistas somos libres para asumir todas las influencias que creamos convenientes, en la hora de imaginar y construir nuestras obras. Para ser un creador serio en nuestro tiempo es imprescindible nutrirse a diario de lo mejor que en nuestra disciplina artística se esté produciendo en el mundo (algo que, por cierto, se hace cada vez más difícil en nuestro país, tan limitado para la entrada de películas que no sean norteamericanas y de buenos libros extranjeros, a causa del control cambiario). Pero nos las ingeniamos –vía Internet- para estar al día con lo bueno que están haciendo y reflexionando nuestros colegas de todo el mundo. Y todo ese contacto con la obra ajena nos contagia, nos impregna de lo que en esas obras encontramos.

Ahora, ¿estamos los actuales guionistas y directores de Venezuela asimilando y poniendo en práctica los hallazgos de lenguaje que se producen en nuestra época; asumimos acaso los riesgos estéticos que uno encuentra en otras cinematografías –incluidas las de países vecinos- en cuanto a temas, estructuras, personajes, diálogos y otros factores de la obra fílmica…?

Tememos que no. Al examinar la mayoría de las películas que estamos presentando y muchos de los guiones que leemos por distintas razones profesionales, nos encontramos con una falta de ambición temática, con estructuras convencionales, personajes escasamente originales y sobre todo con una influencia cada vez más notable de los modos dramáticos de la telenovela, en la concepción de las escenas, en las propuestas de diálogos y en los personajes, algo que luego es reforzado por los directores en la puesta en escena. A menudo encontramos a cineastas que exhiben una envidiable erudición –Cuevana way- sobre películas y realizadores de vanguardia de todo el mundo; y cuando vemos sus guiones u obras terminadas nos ofrecen un producto comercial más próximo al Telefilm que al cine que está vibrando hoy en las pantallas.

Al rescatar y encomiar la continuidad de nuestros guionistas en la principal virtud de nuestro cine -su compromiso con lo real venezolano- lamentamos sin embargo su escasa ambición y espíritu de riesgo para concebir sus guiones y películas concretas. Es lugar común la idea enunciada por Beethoven hace dos siglos –retomando a Aristóteles- de que toda obra de arte universal tiene sus raíces hundidas en la aldea natal del creador. Lo demostraron los pintores flamencos y españoles; los músicos más geniales; los rusos Tchaikovsky, Tolstoy y Dovstoievsky: y en nuestro continente Borges, Rulfo, García Márquez y el conjunto de escritores que hicieron famosa nuestra novelística. Así que el referente local no es un impedimento para la grandeza y el vuelo universal de nuestras obras. Por el contrario, es su basamento más sólido. Lo demás depende de nuestro coraje y talento para llevarlo a cotas expresivas que puedan merecer la vecindad del arte.

A esta pobreza estética ha contribuido con creces el nuevo tótem que se ha instalado entre nosotros en los últimos años, que no es otro que la búsqueda del éxito de taquilla. Una obsesión que tiene un motivo razonable: el reclamo que se nos hace, desde ciertos sectores con poder social, de que nuestro cine no recupera la inversión y que hace números de taquilla muy inferiores al cine extranjero. No este el espacio ni el momento para analizar dicha apreciación, por lo demás discutible. Pero es lamentable hallar que la mayoría de nuestros cineastas -directores y guionistas- nos hablen más del número de espectadores que lleva tal o cual película que de sus valores artísticos y expresivos. Hoy en nuestro país, los supuestos expertos en mercadeo y publicidad de películas se han convertido en casi unos patrones de los cineastas. La crítica seria y profunda casi ha desaparecido. Hace unos días informó la prensa acerca de una premiación tipo “Razzies” que se otorgó al cine venezolano, y casi todos los jurados eran agentes de mercadeo y gerentes de distribuidoras. Con esos referentes, es poco lo que podemos esperar de nuestras películas en cuanto a arte, que es lo que aspiraría una nación que se respete.

En Venezuela hemos vivido, en las últimas dos décadas y particularmente en los últimos 13 años, un tiempo histórico inigualable como material crítico de los cineastas de cualquier signo. ¿Hemos estado a la altura del desafío? Con excepciones, debemos declarar que no. Al reconocer que no ha existido en el CNAC, organismo rector y financiador de esta actividad, ningún asomo de censura por razones políticas, ideológicas, formales o morales, cabe lamentar que el motivo de tal evasión es la mera y simple autocensura de parte de cineastas y escritores de cine.

La autocensura es un ajuste que hace el comunicador o artista de los temas, contenidos y recursos formales de sus obras, referenciado en lo que él calcula que desean o no desean ver o patrocinar quienes ocupan posiciones decisorias en el aparato difusor, sea público o privado. Los autores se mutilan una parte de su universo temático y estético, se privan de una porción importante de lo que desean expresar o comunicar, y aun de sus recursos formales y lingüísticos, con el objeto de complacer las expectativas y el gusto del Poder. Vemos así, como entre nosotros proliferan las películas épicas, biográficas y comedias de escaso vuelo. Y cuando más, un cine social edificante, con escasa penetración en las profundas heridas que supuran en nuestra sociedad.

Al observar la cinematografía que estamos produciendo debemos lamentar que, con escasas excepciones, hemos estado desperdiciando el valiosísimo material temático que nos suministra cada día la realidad histórica que vivimos. Y ello se incrementa al observar que una considerable fuente de autocensura está en los más jóvenes, quienes deberían estar a la vanguardia de la insurgencia temática y estilística, pero en su mayoría nos ofrecen cliché, convencionalismo formal y notoria ambición de taquilla. En la materia de ofrecer un cine comprometido con la realidad socio-política, los cineastas venezolanos estamos irremediablemente aplazados. Basta ver lo que se produce en países hermanos y nuestra pobre suerte en el concierto internacional.

No estamos proponiendo obras que se limiten a discursos alineados con alguno de los extremos de la polarización política actual. Algo de ello se ha hecho, con resultados ciertamente lamentables. Encargo puro y simple, sesgado por móviles políticos y con el dinero de todos los venezolanos. Postulamos la apertura de nuestra mirada hacia el complejo entorno socio-político y cultural del que estamos siendo testigos, el cual nos ofrece historias, conflictos y personajes de gran contenido dramático: individuales y colectivos, familiares y comunitarios, íntimos y públicos, documentales o ficcionables; cómicos, dramáticos o trágicos. Se trata de asumir el relato de nuestra realidad con valentía, honestidad y despojados de prejuicios.

Son esos los guiones que la sociedad espera de nosotros. Sería una manera de cumplirle al único patrocinante de nuestra labor creativa, aportante casi exclusivo de los recursos con los que pretendemos hacer cine; que no es por cierto el Estado y menos el gobierno, como solemos creer, sino el público, la sociedad venezolana en su conjunto. Ayudemos a los venezolanos a conocer, interpretar y transformar sus realidades colectivas, personales y existenciales. Sería un meritorio modo de honrar la condición de creadores y artistas que pretendemos haber elegido.